sábado, abril 02, 2011

El astrólogo





El astrólogo anotó en la tabla el resultado de su último cálculo y se levantó del escritorio.
No había querido realizar de inmediato la operación siguiente, por la que llevaba esperando veinte años. Por primera vez contaba con los siete mil  cálculos necesarios para comprobar su hipótesis y sabía que estaba a punto de conocer la respuesta definitiva a la pregunta central. Si la pieza que acababa de colocar en el rompecabezas coincidía, habría resuelto el enigma.

¿Qué pasaría si la fórmula era correcta? Cientos de noches en vela había imaginado lo que aquello podría significar. Se parecía a los descubrimientos de Kepler, pero era aún más dramático; podría decirse que ningún invento del hombre, ninguna revelación de la ciencia se acercaba en importancia y trascendencia a  la confirmación de su teoría. El eureka de Arquímedes sería una tímida y desabrida exclamación al lado de lo que millones de personas gritarían cuando cayeran en cuenta de que aquello era cierto. La prueba indiscutible, la evidencia palpable…

¿Y si no fuera así? Sabía ya, porque no había pensado en otra cosa durante los meses pasados, que no quedaba nada que pudiera agregar al desarrollo de su fórmula en caso de que la prueba no resultara. Tendría que cerrar sus libros y dedicarse a otra cosa. Miraría hacia atrás y se diría que había perseguido una ilusión, que su vida había sido desperdiciada en busca de una quimera…no sería el único, ni el primero, ni el último de los hombres que se enfrentara con aquella realidad. ¿Se mataría? También esa posibilidad había acosado sus insomnios muchas veces.

Como un enamorado que observa el sobre cerrado que contiene la carta definitiva de la mujer de sus sueños, o como el ladrón que contempla la caja fuerte que contiene el tesoro, el astrólogo miró en dirección al cuaderno abierto. Sólo tenía que hacer unas cuantas operaciones algebraicas para obtener el resultado. Ingresaría los datos en la calculadora con mucho cuidado, como el de quien teclea los números secretos de una cuenta bancaria, y sólo tendría que aplicar las cifras una por una, diez veces.

Otros habrían experimentado algo así cuando verificaron los resultados de una lotería, pensó. Sólo que la suya era la lotería total, absoluta. Si su número resultaba ganador habría abolido el azar.

¿Era locura? Sabía que la tendencia estaba allí, porque su carta natal era explícita. Todos podemos enloquecer en determinadas circunstancias, pero algunos tenemos más propensión que otros. Y sabía también que la locura consiste en creer que el poder proviene de uno mismo, cuando eso que llamamos “uno mismo” tampoco nos pertenece.

La fórmula estaba allí, si estaba, y si la ecuación se cumplía significaba que todo, absolutamente todo, era descifrable y manejable. Ninguna cosa que perteneciera al espacio y al tiempo quedaría fuera de las leyes que surgieran del enunciado, que sería tan simple como el de la ley de la gravitación de Newton; una gema perfecta, un fractal impecable y universal con el que se podría predecir el comportamiento de casi cualquier acontecimiento humano. ¿El poder de Dios? ¿Y qué pasaría si esa enseñanza cayera en manos de quienes buscaran poder para si mismos? ¿No sirvieron acaso los descubrimientos de Newton y de la Física posterior para fabricar la bomba atómica? ¿Era deseable un conocimiento de esa clase?

Recordó la sentencia: “el azar es el pseudónimo que la Providencia emplea cuando no cree conveniente estampar su firma”. La otra vertiente de abolir el azar era la de hacer evidente la acción divina. El descubrimiento sería la prueba irrefutable de que tal acción existía…pero que podía modificarse. “Seréis como dioses”… ¿Era aquello una invitación, o más bien una advertencia? Se dijo que el conocimiento siempre se había topado, en cada nueva etapa, con aquel dilema: saber o no saber. Había ocurrido con Galileo y con todos los demás innovadores. Saber era cosa del demonio. La genética había librado aquella batalla entre el deseo de saber y la resistencia a hacerlo. Toda nueva concepción se miraba con los ojos de Frankenstein.

Esa era sólo una de las cuestiones. Eran miles las consideraciones, miles las preguntas que el astrólogo se había planteado a lo largo de su búsqueda. En un momento tendría una respuesta que las respondería todas. O no.

Mientras preparaba un café y ponía a funcionar el aparato que le daba música a su pequeño y confuso laboratorio, intentó deshacerse por un instante de la multitud de pensamientos que acudían a su mente, estrellas casi infinitas de una galaxia que pretendían atraer su mirada (la de sus dos únicos ojos de mortal) en direcciones dispares. “Si no es una sola, no será ninguna” se dijo al encender el cigarrillo. Y recordó el koan zen: “eso no, eso no…”

El sabor y el aroma familiares del café tocaron algo en su alma y vino desde un lejano lugar el recuerdo de una pregunta hecha por un discípulo durante un curso:

- ¿Quiere decir que Dios armó un reloj, le dio cuerda y se fue…? -

En otras palabras, aquella pregunta equivalía a la de si el mecanismo era autosuficiente y si sus leyes eran inquebrantables, incluso para quien las había establecido. ¿Y la libertad? Ya no se trataba de la libertad de la criatura, sino de la del Creador…

Claro, siempre quedaba el recurso a los milagros.

Sólo que el sistema hablaba de un milagro permanente; de un milagro como ley universal.

Pero ¿Para qué seguir atormentándose con las mismas interrogantes? Bastaba hacer los cálculos y salir de una vez por todas de dudas.

Sí. Tal vez fuera ese el propósito central. Salir de dudas.
Pero  ¿Dependía de sus cálculos o de si mismo? ¿Podía acaso la fe convertirse en certeza a través de un razonamiento?

Su mirada recorría las estanterías de la biblioteca y se posó involuntariamente sobre los gruesos tomos de la Summa Teologica.

Sonrío.

En un rato, se dijo, llegaría su asistente.

Dejaría para él una nota indicándole las operaciones que debía realizar para resolver la ecuación y saldría a dar un paseo.

Si tenía suerte – es decir, si el azar seguía existiendo-  llegaría a tiempo al parque para asistir como espectador al ensayo de un grupo de jóvenes músicos que todas las mañanas se daban cita en el pequeño escenario junto al lago. Le gustaba escucharlos y observar sus adelantos. Más tarde, si todavía estaba allí, sentado en su banco con un libro, vería al otro grupo, el de los deportistas.

Y cuando el sol se acercara al cenit – transitaba por la constelación del león- sentiría hambre y se dirigiría al pequeño restaurante de costumbre en que todos los días – si uno sabía observar- ocurría algo nuevo que agregaba interés a lo que ya era una rutina de años.









lunes, diciembre 20, 2010

BRAINTERFACE






PREMISA.

Los humanos se comunican a través de idiomas verbales y no verbales y también a través de mecanismos más sutiles, similares al de la conexión infrarroja y al bluetooth.

Estos mecanismos se establecen de manera natural entre personas que se relacionan de manera amorosa, amistosa, etc. Dependen de afinidades constitutivas de variada índole.

El arte es una de las modalidades de esta conexión.

Las artes formales crean “paquetes” de transmisión que se exhiben o se exponen al contacto en forma de obras.

Hay maneras de transmisión que no requieren de obras formales para producirse.
Se establecen espontáneamente en situaciones que encontramos aleatoriamente en la vida cotidiana: en muchas de esas situaciones se realizan contactos que llegan a convertirse en relaciones. Vg.: dos extraños coinciden en un lugar y un momento y repentinamente se reconocen como afines.

Brainterface es una modalidad cercana al arte y de carácter experimental que ensaya la producción de situaciones de esa clase de manera voluntaria y no accidental.

Partiendo de situaciones-base ya existentes, como la fiesta, el paseo, el encuentro, etc. desarrolla alternativas de juego que hacen interceder varios planos de conciencia, como en la propuesta teórica de Arthur Koestler acerca de la creatividad.

Se dan “momentos” de alta concentración de “conectividad creativa” que se exhiben y se exponen al contacto de los participantes.

LA EXPERIENCIA

Se produce un “evento-no-etiquetado” en el que pueden confluir manifestaciones de las artes formales o no y cuya única descripción estática es la que se refiere al espacio y tiempo en que ocurre.

Se diferencia radicalmente de todas las formas de happening en que no existe división de tareas entre “actores” y “público”. La brainterface se ejecuta sólo entre “oficiantes” preseleccionados por su grado base de afinidad. Puede desarrollarse en una primera fase entre artistas, por ejemplo.

Se diferencia de una simple fiesta o una reunión o un encuentro en que el único propósito de la sesión es la creación de una “aventura” para el grupo entero, válida para todos y cada uno de sus miembros.

LA AVENTURA.

En este contexto, definimos provisionalmente aventura como un proyecto definido en tiempo y espacio con la participación de todos los miembros de la experiencia: el propósito final de la aventura varía con cada grupo y con cada experiencia.

Una definición provisional de “propósito” podría ser: algo que todos quieren y que ninguno puede realizar sin todos los demás.

Quedan excluidos, por ende, los propósitos que puedan realizarse entre dos o más integrantes que formen un subconjunto: Vg.: romance, colaboración con fines comerciales, viajes, etc. No se descarta, sin embargo, que la experiencia produzca uno o más eventos de esa clase que serían sub-aventuras paralelas.

Si el conjunto de los “aventureros” no llega a dar con un “propósito” válido para todos durante la experiencia, ésta concluirá como esbozo de aventura que podrá ser utilizado como guía en nuevas experiencias para uno o más de los participantes.

El teatro, la novela, la música sinfónica y otras formas de agrupación de personajes o voces reales o imaginarios son maneras de hacerse una idea previa de lo que la aventura puede significar.
Los integrantes del grupo adoptan roles no exclusivos similares a los de instrumentos de una orquesta o personajes de una pieza teatral o una novela en la que el guión o la partitura es escrito por todos.

La aventura se diferencia de las aventuras conocidas en que estas últimas son producidas por un agente externo al grupo. Tal sucede en las aventuras resultantes de propósitos como la guerra, la conquista, el descubrimiento, etc.

EL CÓNCLAVE.

Un número predeterminado de participantes se reúne en un lugar que disponga de los requerimientos necesarios para la permanencia en él durante el tiempo que se establezca de manera que todos y cada uno dispongan de todo lo que necesiten para dicha permanencia.

Este “cónclave” dispondrá de recursos para producir una votación libre en la creación del proyecto de aventura. La decisión será única y exclusivamente tomada por total unanimidad.

LA OBRA.

La aventura es la obra, el producto o como quiera llamárselo. Ejemplos que sirven para imaginar las posibilidades iniciales son aquellos que respondan a preguntas de la índole:
¿Qué cosa podríamos crear/producir/ expresar/hacer entre todos que todos quisiéramos crear y que ninguno puede por si sólo?

EL MOVIMIENTO

Desde el momento en que un esbozo de aventura alcanza una relativa unanimidad, el grupo se transforma en un movimiento.

Ejemplos a seguir y no seguir son los disponibles en la historia del arte, como el Surrealismo, el Dadaísmo, etc. O en la de la ciencia: el Círculo de Viena, etc.
Tómese en cuenta que dichos movimientos fueron producidos de manera casual y no voluntaria.

El movimiento brainterface es resultado y origen a la vez de la aventura. Obteniendo unanimidad sobre el nombre que se le dará puede definirse un proyecto, de igual modo que el título de una obra puede sugerir su desarrollo.

“Los 8 de Totness”, por ejemplo, es el nombre de una aventura sin límites y también sin propósito específico. “Los neo-renacentistas” en cambio, define una tendencia y no es limitante en cuanto al grupo que lo conforma.

(Fragmento de "Las Tres Caras de la Moneda" por Pablo Brito-Altamira, disponible en paperback y Kindle en Amazon)

twin brainterface


viernes, diciembre 17, 2010

TIBERIO o LA NAVIDAD del PODER


Foto: Luisa Elena Vidaurre
ERAN TIEMPOS DE GUERRA, como los que vinieron antes y los que vendrían después: de las  guerras sólo se acuerdan los que perdieron en ellas a los suyos y los que en ellas ganaron prebendas, que tarde o temprano también se pierden.

Pocos recuerdan en efecto a Tiberio, quien fue al tiempo hijastro y yerno de César Augusto; nadie celebra su nacimiento ni su muerte.
Las pocas estatuas que quedan tienen casi todas la nariz partida.


Y es que Tiberio murió sin percatarse de que en una lejana provincia de su imperio sucedía algo que cambiaría la Historia de manera insospechada. Si viviera hoy, y fuera gobernante de nuevo, puede que tampoco se enterara de otra cosa que de las rencillas de palacio o de las conspiraciones de sus rivales políticos. Puede que para él, el mundo se limitara a lo que los augures pagados por él mismo decidieran mostrarle para conservar su puesto. Si fuera hoy un mandatario mundial, como lo fue en su tiempo, estaría convencido de que las cuestiones de Estado son las únicas cuestiones que existen y que tienen sentido.

Los que vivían en su reino y dependían de sus decisiones también pensaban que Roma era el mundo y que lo que ocurría fuera de Roma era insignificante. Si no se sabe en Roma es que sencillamente no existe, dirían aquellos ciudadanos, como dicen hoy algunos de aquello que no aparece en la televisión o no tiene repercusión a través de Internet.

Pero no estamos en el año 14 de nuestro calendario (el 767 de la fundación de Roma) cuando Tiberio obtuvo el poder supremo como emperador. Estamos en el 2010 de una cuenta que comienza para nosotros 14 años antes de eso, cuando un suceso que todavía muchos califican de legendario pasó completamente desapercibido para el poder y para los medios de comunicación de aquella época.

No vivimos en la Era de Tiberio.

Y no es descabellado pensar que dentro de otros dos mil años, si esta especie que llamamos humana continúa poblando este pequeño planeta mágico y hermoso, casi nadie recordará los nombres de quienes hoy se jactan de obtener el máximo centimetraje en los periódicos.

Porque nos acordamos de Keops por las pirámides que construyeron anónimos arquitectos; nos acordamos de una extravagante y sangrienta familia Medici por las obras de arte de quienes llamamos hoy renacentistas, y casi no sabemos otra cosa de Cleopatra, o de la Guerra de Troya, o del Mio Cid que las que nos contaron poetas pobres, ciegos o perseguidos por la justicia.

Aún así, no celebraremos tampoco el 2011 a partir del nacimiento de Shakespeare o de Homero.
  
Debemos el calendario, la civilización y la cultura de lo que llamamos Occidente (pero que rige al planeta entero) al  nacimiento de un niño que nunca fue coronado, que jamás escribió una línea y que nunca ganó una batalla. Pasó desapercibido para todos los Hit Parades y no figuró en récord de ninguna clase.

Ese niño se parece a nuestros propios niños y a nosotros mismos mucho más que a las estrellas de cine, a los ricos, famosos y poderosos, pero insistimos en pensar que el Mundo y la Historia dependen de lo que estos o aquellos dicen y hacen, de las guerras que emprenden, de los honores que obtienen o de la manera en que se ponen en ridículo. 
No hemos aprendido aún que la vida se nutre más de ínfimos actos de amor de pastorcillos ignorantes o de carpinteros errantes que de los Herodes de todos los tiempos. Tampoco de él nos acordaríamos si no fuera por los anónimos evangelistas oficiales o apócrifos.

Seguimos en tiempos de Tiberio.


Y la verdadera  Historia se produce ante nuestra vista, en nuestra propia época, pero no la vemos. Está tan cercana y tan “próxima”  como el más “prójimo” de nuestros semejantes.


Feliz Navidad
Pablo Brito Altamira

jueves, octubre 14, 2010

LATINOAMÉRICA ES UN CONTINENTE QUE TOMARON POR OTRO


Cuando alguien le dijo a García Márquez que el argumento de La Hojarasca no era otro que el de Antígona , el joven escritor creyó que el mundo se le venía abajo.

"Sentí el alma revuelta por la felicidad y la desilusión. Aquella noche volví a leer la obra, con una rara mezcla de orgullo por haber coincidido de buena fe con un escritor tan grande y de dolor por la vergüenza pública del plagio. Después de una semana de crisis turbia decidí hacer algunos cambios de fondo que dejaran a salvo mi buena fe, todavía sin darme cuenta de la vanidad sobrehumana de modificar un libro mío para que no pareciera de Sófocles."

Hace poco recibí una carta de un amigo teatrero en la que me hablaba de la necesidad de desarrollar una estética propia de Latinoamérica, tema sobre el que habíamos tenido muchos encuentros y desencuentros teóricos en nuestras efervescentes pláticas de Caracas.
Iluminado por la anécdota de Gabo, respondí al amigo diciéndole que la estética no es de nadie, de igual manera que no es de nadie la belleza, tema que toda estética posible trata , no siempre con fortuna, de definir.

Pero para aproximarse a ella, que es otra cosa, la historia del acercamiento de Europa y América es una metáfora fecunda que todavía no ha dado sus frutos definitivos.


Aunque los hayan llamado indios por siglos, los Caribes nunca usaron turbante. Toda semejanza era pura coincidencia y la coincidencia se convirtió de tal modo en semejanza que nadie advirtió del todo la suplantación hasta mucho más tarde, cuando ya era tarde para muchas cosas, entre ellas impedir que la palabra con que se designaba a los "salvajes" siguiera aplicándose a los miembros de una civilización que había producido, entre otras cosas, al Buda y al Bahavad Gita.

El "Extremo Occidente" , como lo llamaba Borges, es un continente extremo, nuestro idioma no es el de nuestros antepasados. Antes que decirse y saberse hija de un conquistador que violó a su madre y luego la abandonó, América prefiere no ser la hija de nadie. Y sus padres lo creen también, porque la locura hereditaria es el único nexo evidente entre el Nuevo Mundo y el de quienes lo soñaron.

Nos siguen y nos seguimos tomando por otros. Para los europeos que hablan lenguas de raíz latina ahora los latinos somos nosotros, los indios de ayer, que bailan salsa y comen bananas descomunales fritas en aceite de maíz.

García Márquez tiene razón, Edipo Rey es el cuento perfecto. La historia del hijo que busca al asesino de su padre hasta que se da cuenta de que se trata de él mismo.
Y nuestra estética, si alguna estética es nuestra, es la de lo inverosímil como única verdad convincente.


No tiene nada de extraño a esta lógica que el fantasma de las Cruzadas espante al mundo mil años después de enterrado y que España, quien expulsó de su territorio al Islam para después conquistar Las Indias sea el primer país en retirar su tropas de Irak. Los europeos admitirán tarde o temprano que su historia no se rige por conceptos cartesianos y que se parece a la nuestra como una gota de agua a otra. Las Mil y Una Noches tienen más cosas que decir sobre lo que ocurrirá en Bagdad que las fantasías de los estrategas de la OTAN. 

Y Latinoamérica continuará perdida buscando su identidad y su estética en la tierra mítica que, por error, sus antepasados confundieron con el país del Mahabarata, hasta que haga suya la herencia que en su ceguera genealógica ha guardado en su casa creyendo que era de otro.

Creonte ordena que Polinices permanezca insepulto. Antígona desobedece al rey y entierra a su hermano. Creonte no tiene más remedio que condenarla a muerte. Hemón, prometido de Antígona e hijo de Creonte, se suicida. La reina también se suicida. Creonte se queda solo.

¿No es el abuelo Sófocles un excelente guía para ayudarnos a desarrollar esa Estética Latinoamericana que en vano buscamos más allá de Occidente? 






miércoles, octubre 13, 2010

FUTURO

Con la supresión del Paraíso y la decadencia de la Utopía hemos perdido el Futuro. Nos queda una ficción científica sin alma o una  " leyenda personal " privada: privada de Humanidad. ¿No habremos exagerado en la glorificación del Presente? ¿No habremos perdido el Norte y tirado la brújula por la borda? No hay Amor sin Futuro. No hay Futuro sin Amor.


viernes, septiembre 03, 2010

VER

El Árbol de la Vida
según Cuénot








(Prólogo de Teilhard a su obra "El Fenómeno Humano")

Estas páginas representan un esfuerzo para ver, y hacer ver en qué se convierte el hombre y qué exige el Hombre, si se le sitúa, completamente y hasta el límite, en el marco de las apariencias. ¿Por qué intentar ver? ¿Y por qué dirigir especialmente nuestra mirada hacia el objeto humano?

Ver. Podría decirse que toda la Vida está aquí - si no finalmente, al menos esencialmente-. Ser más es unirse más: tales serán el resumen e incluso la conclusión de esta obra. Pero, así lo constataremos aún, la unidad no crece más que sostenida por un acrecentamiento de conciencia, es decir, de visión. He aquí por qué, sin duda, la Historia del mundo viviente se reduce a la elaboración de ojos cada vez más perfectos en el seno de un Cosmos en el que es posible ir descirniendo cada vez más. La perfección de un animal, la supremacía del ser pensante, ¿No se miden según la penetración y el poder sintético de su mirada? Intentar ver más y mejor no es una fantasía, una curiosidad, un lujo. Ver o perecer.


Tal es la situación, impuesta por el don misterioso de la existencia, a todo lo que es elemneto del Universo. Y tal es, por consiguiente, en un grado superior, la condición humana.

Pero, si es verdaderamente tan vital y beatificante conocer, ¿Por qué aún otra vez dirigir con preferencia nuestra atención hacia el hombre? ¿No resulta el hombre suficientemente descrito -y aburrido-? ¿No es, acaso, justamente uno de los atractivos de la ciencia el de apartar y hacer descansar nuestros ojos sobre un objeto que al fin no seamos nosotros mismos?

Con un doble título, que le hace dos veces centro del Mundo, el hombre se impone a nuestro esfuerzo por ver, como la clave del Universo.

Subjetivamente, en primer lugar, somos inevitablemente centro de perspectiva con relación a nosotros mismos.Habrá sido una ingenuidad, probablemente necesaria, de la ciencia naciente, imaginarse que podía observar los fenómenos en sí, tal y como se desarrollaban aparte de nosotros. Instintivamente, físicos y naturalistas han operado, desde luego, como si su mirada se hundiese en un mundo que su conciencia podía penetrar sin sufrirlo ni modificarlo. Ahora empiezan a darse cuenta de que sus observaciones más objetivas están completamente impregnadas de convenciones elegidas en el origen, y también de formas o hábitos de pensamiento desarrollados durante el despliegue histórico de la investigación. Una vez llegados al fin de su análisis, no saben ya si la estructura que están alcanzando es la esencia de la materia que estudian o el reflejo de su propio pensamiento. Y simultáneamente se dan cuenta de que, por un choque de retroceso de sus descubrimientos, se encuentran ellos mismos comprometidos, cuerpo y alma, en la red de relacoines que creían lanzar desde fuera sobre las cosas: cogidos en sus propias redes. Metamorfismo y endomorfismo, diría un geólogo. Objeto y sujeto se emparejan y se transforman mutuamente en el acto del conocimiento. De grado o por fuerza, desde entonces, el hombre se encuentra y se mira a sí mismo en todo lo que ve.

He aquí, desde luego, una servidumbre, pero que compensa inmediatamente una cierta y única grandeza.

Es simplemente trivial e incluso penoso, para un observador, transportar consigo, vaya donde vaya, el centro del paisaje que atraviesa. Pero, ¿Qué le ocurre a uno que se pasea si el azar de su camino le lleva a un punto naturalmente ventajoso (crucer de rutas o valles), a partir del cual no solamente la mirada, sinó las mismas cosas irradian? Entonces, al encontrarse coincidente el punto de vista subjetivo, con una distribución objetiva de las cosas, se establece la percepción en su plenitud. El paisaje se descifra e ilumina. Uno ve.

Tal parece ser, desde luego, el privilegio del conocimiento humano.

No es necesario ser un hombre para percibir objetos y fuerzas "circundándonos" a nuestro alrededor. Todos los animales están aquí lo mismo que nosotros. Pero es peculiar al hombre ocupar una posición tal en la naturaleza a la que esta convergencia de líneas no sea solamente visual, sino estructural. Las páginas que siguen no harán más que verificar y analizar este fenómeno. En virtud de la cualidad y de las propiedades biológicas del pensamiento, nos encontramos situados en un punto singular, en un nudo, que rige la fracción entera del Cosmos, actualmente abierto a nuestra experiencia. Centro de perspectiva, el hombre es al mismo tiempo centro de construción del universo. Por ventaja, tanto como por necesidad, a él es al que finalmente hay que volver a referir toda ciencia. Si, verdaderamente, ver es ser más, miremos al hombre y viviremos más.
por esto acomodemos correctamente nuestros ojos.
Desde que existe, el hombre está ofrecido como espectáculo a sí mismo. De hecho, desde hace decenas de siglos no se mira más que a sí mismo. Y, sin embargo, apenas si empieza ahora a tomar un punto de vista científico de su significación en la física del mundo. No nos asombremos de esta lentitud en el despertar. Nada es tan difícil de percibir con frecuencia como lo que debería «saltarnos a los ojos». ¿No le hace falta una educación al niño para separar las imágenes que se asientan en su retina acabada de abrir? Al hombre, para descubrir al hombre hasta el fin, le eran necesarios toda una serie de sentidos cuya adquisición gradual, como tendremos que decir, cubre y escande la historia misma de las luchas del espíritu.

Sentido de la inmensidad espacial, en lo grande y lo pequeño, desarticulando y esparciendo, dentro de una esfera de radio indeterminado, los círculos de objetos que se estrujan a nuestro alrededor.

Sentido de la profundidad, rechazando trabajosamente, a lo largo de series ilimitadas, en distancias temporales desmesuradas, acontecimientos que una especie de gravedad tiende continuamente a reducir para nosotros a una delgada hoja de pasado.

Sentido del número, descubriendo y apreciando sin titubear la multitud enloquecedora de elementos materiales o vivientes comprometidos en la mínima transformación del universo.

Sentido de la proporción, realizando en la medida de lo posible la diferencia de escala física que separa, en las dimensiones y los ritmos, al átomo de la nebulosa, lo ínfimo de lo inmenso.

Sentido de la cualidad, o de la novedad, consiguiendo, sin romper la unidad física del mundo, distinguir en la naturaleza niveles absolutos de perfección y crecimiento.

Sentido del movimiento, capaz de percibir los desarrollos irresistibles ocultos en las lentitudes más grandes -la extrema agitación disimulada bajo un velo de reposo-; lo completamente nuevo deslizándose en el corazón mismo de la repetición monótoma de las mismas cosas.

Sentido de lo orgánico, por último, descubriendo las conexiones físicas y la unidad estructural bajo la yuxtaposición superficial de las sucesiones y las colectividades.

A falta de estas cualidades en nuestra mirada, el hombre seguirá siendo para nosotros, hágase lo que se haga para hacernos ver, lo que es todavía para tantas inteligencias: objeto errático en un mundo inconexo. Que se desvanezca, por el contrario, de nuestra óptica la triple ilusión de la pequeñez, de lo plural y de la inmovilidad, y el hombre adquirirá sin esfuerzo el puesto central que anunciábamos: cumbre momentánea de una antropogénesis que corona una cosmogénesis.

Teilhard de Chardin, "El fenómeno humano"
Revista de Occidente, Madrid, 1958 ( p. 11-14)



http://www.cibernous.com/autores/tchardin/textos/fhumano.html
   

viernes, junio 11, 2010

FIN DEL POSTMODERNISMO

Jorge Brito. "Comediante"

La postmodernidad  ha terminado sin haberse iniciado jamás. El metarelato confuso que con ese nombre quiso convertirse en imagen fiel de una época es el recuerdo de una ilusión o la ilusión de un recuerdo. Estamos transitando por un período pre-universalista. La gran historia que ahora es global por vez primera es también la más pequeña: lo humano. Sobre el punto de apoyo de Terencio, Homo sum et nihil humanum a me alienum puto *, leit motiv melódico que acompaña cada gran transición de la Historia, la palanca invisible comienza a mover el mundo silenciosa y magníficamente hacia  la humanización de la conciencia y la conciencia de la humanidad. El Fenómeno Humano, en los términos de Teilhard, vuelve al centro que nunca había abandonado para redefinir naturaleza, humanidad y divinidad. El Gran Relato no ha muerto. Apenas comienza.

Soy hombre y nada humano me es ajeno.